El legado de mi sangre.

Fue la última vez que sin piedad tronché sus desgraciadas cabezas y ellos se vengaron suspendiéndome de los hilos que me impedían reunirme con mi amada musa, la muerte.

Fui el capitán de los Akã Morotî que defendió junto a esos doscientos hombres la posición sobre el Tebicuary, donde, una vez más, nuestra valentía no pudo ser ponderada en números. 

Lo que muchos no saben es que mi leyenda era la de un humano, que nació bajo la condición de ser y morir soldado.

Mi madre me lo había dicho, entre canciones de arrullo, mientras acariciaba mi cabello, que mi vida de guerrero no sería sencilla, pero sí gloriosa. Este sentimiento me elevaba sobre los demás hombres y el temor no formaba parte de mi esencia. 

Me gustaba subyugar la cobardía tanto de hombres como fieras. Desafiar al corcel más rebelde y montarlo como si fuese mío desde su nacimiento y andar por los montes sin perturbarlos con mis imperceptibles huellas hasta transformarme en su único heredero.

Mi intrepidez fue retada con el inicio de la guerra más cruel y sangrienta que azotó a la historia del Paraguay, la Guerra de la Triple Alianza, y como hijo suyo, corrí a defenderlo con el corazón dilatado.

La honra de servir bajo las órdenes del Mariscal López e impresionarlo con mis proezas de pombéro, no hacían más que atizar mi fuego de soldado, que incineraba en sus brasas cualquier flaqueza de los hombres que me rodeaban.

No existía misión tan riscosa o irrisoria que el Mariscal encargase y mi diversión era absoluta al cumplimiento de ellas. ¿Cuántas veces no estuve por el campamento adversario?, respirando su hediondo aliento, vistiendo su nefasto uniforme, recorriendo sus quioscos de ron o cigarros de mierda, y hasta sustraje algunos souvenirs sustanciales y humanos de aquellas peculiares fiestas a la que iba y volvía sin que ellos se percatasen de mi sombra. 

El arte de montar y desprender las cabezas del enemigo de sus troncos, se fue puliendo con la práctica, en cuanto alentaba a mis hombres a obtener su maestría. Mi honor era estar a la cabeza de esos soldados y ser la aspiración de sus días.

Durante nuestra contienda final, al borde del Tebicuary, entre disparos de cañones y estruendos, observé como cada uno de ellos caía fulminado, mientras que yo seguía envuelto en el manto de la inmortalidad que a esas alturas no era más que una maldición absurda. No era ningún dios y mucho menos un demonio, sino tan solo un hombre que creyó en la inmortalidad de su tiempo.

Peleé desde la primera hasta esa última batalla con un fervor que encendía mi cuerpo, que me otorgó ese brillo que pasó a ser fábula entre los rivales que no comprendían lo que era amar verdaderamente a la patria.

La humareda recorría el campo de combate sembrado de cadáveres, de la sangre de los míos, mientras que yo me resistía y seguía luchando por mi tierra. 

Me hallaron junto al último de los cañones, buscando con que rellenarlo, dando órdenes al viento cuando me tomaron prisionero.

Sumergido entre el aliento y la asfixia, me dejé llevar extenuado en los hombros de soldados que murmuraban en el idioma del mismo diablo. Con mis fuerzas restantes balbuceé unas palabras y di manotazos desacertados a todos los que empapaban sus mugrientos trapos en mi herida de donde se iba la fuente de mi vida.

¡Necios! La valentía jamás podría llegar a ser amuleto de cobardes.

La farsa del reconocimiento con la cual me acogieron los legionarios paraguayos que visitaron mi lecho de muerte, con sus inmundas ofrendas de monedas, fue la señal que esperaba. 

Mi nombre es Capitán Matías Bado, no Judas Iscariote. 

La muerte me estaba esperando. ¿Acaso no lo sabían? Los enemigos no querían dejarme ir con ella y curaban mis heridas. 

Yo no la temía, así como muchos, porque había de poseerme, ya sea hoy o en algunos años de todas maneras. Sin buscarla, ella estuvo a mi lado en cada una de mis batallas. Fui su capricho favorito y ella mi pasatiempo perverso.

Todos aquellos momentos en que la sangre galopaba entre mis venas recitando “Sigo vivo y he aquí la prueba”, han terminado y aunque el quitarme la vida vaya en contra de las creencias de mi Dios, prefiero abrirme el corazón que vivir con la deshonra de unirme a la vil traición.

Más antes de partir de su helada mano, acabé rogándole por unos instantes más de vida para terminar de maldecir a mis enemigos. Pero ella respondió: “Ya lo hiciste, con tu sangre”.

Suscribite a mi lista

Suscríbete

We don’t spam! Read our [link]privacy policy[/link] for more info.

MENU
Tahiana Larissa